Esta semana santa,
recluido en casa,
me bajé varias biografías para leer.
Me llamó la atención
la de san francisco de Asís,
de Chesterton.
Tuvo san francisco una vida,
en cierta medida,
paralela a la de Jesús,
yo la vi más humana y cercana,
como menos distante.
Chesterton la compara
como la luz reflejada de la luna
a la luz del sol.
De una criatura a un Creador.
Me di cuenta que era viernes santo
poco antes de las doce de la noche.
Me recogí un momento pensando
en su significado y le puse una vela
encendida delante del crucufijo
que tengo en la habitación
desde que era niño.
Durante ese tiempo y hasta las doce,
no me atrevi a mirar el crucifijo,
sentí como una especie de vergüenza
por la crucifixión de Jesús.
Luego me acosté en la semioscuridad.
De pronto oí unos chispazos,
me giré y vi que la vela tenía dos llamas,
se había prendido una segunda llama,
por el pábilo exterior que conducía
al centro de la vela.
Casi asustado apagué las dos llamas.
Volví a acostarme pensando
en su posible significado y las casualidades,
cuando de pronto observo,
en la oscuridad dos luces rojas.
Era un led rojizo del altavoz y su reflejo.
Nunca había visto reflejada esa luz.
Así que saqué mis coclusiones
entre la vida de san francisco y Jesús.
No acostumbro a comentar
este tipo de sucesos,
que se producen de vez en cuando,
si no fuera porqué otras sincronicidades
me empujaron a ello.