Al otro extremo de vivir con prisas y más allá del presente,
hay un sentimiento cercano a la eternidad.
De lentitud como el transitar de un caracol cojo,
de continuidad como la de la playa al horizonte marino.
Sereno como la quietud de un pueblo a las tres de la tarde,
de reposo y confianza, donde la mente contempla
como el espacio se extiende en el tiempo
y el tiempo no marca las horas.
Es un sentimiento donde la vida se recrea inmutable
y la conciencia abarca páramos incontestables.
Es saberse, por un instante, existir en un abrazo de paz.
