
La belleza habla como un mendigo,
herida en su fragilidad.
Lejos de la exhuberancia indiscreta
y cerca de la bondad descuidada.
La belleza no tiene disfraz,
anda por las sendas estrechas
de lo simple sublime
y la complejidad autorevelada.
El adorno desluce su pureza,
la belleza es, ni parece ni perece.
Vive en el presente
y revive en el recuerdo.
Es vestido de alguna profunda verdad.
Material como una manzana,
intangible como un pensamiento,
una palabra o una acción.
La belleza duda en su modestia,
pero hiere con espada afilada.