No se por qué estaba allá.
Vi un cementerio en tu ciudad,
entré y sin saber como
enseguida te encontré.
Estabas allí con una foto de más joven,
casi de niña.
Hacía unos años un coche se cruzó
en tu camino, venías de la universidad,
donde estudiabamos.
Creí usurpar un espacio sagrado,
sentí vergüenza, me marché.
Era tanta tu vida, tu alegria,
tu naturalidad, que tus huesos
ya no eras tu.
La energia ni se crea ni se destruye,
menos si la vida tenía
una fuerza arrolladora como la tuya.
Tus mordiscos de las manzanas,
en las meriendas en clase, aún resuenan
en unas aulas que hicistes inmortales.
Unas aulas enormes,
que hace treinta y siete años
te vieron por última vez.