Ese poema tuyo que no leí,
tampoco las generaciones
lo conocieron. Se perdió en una
libreta con tus muebles
en un trastero alquilado,
con los años alguien debió vaciarlo.
Habias encontrado en tí,
a través de él, una razón
y unas palabras para
reposar la incertidumbre
y el desasosiego en un cuenco
sagrado adornado con ramas de laurel.
Era el poema que ansiabas leer
y nació de tu mano cansada y tenaz.
Ahora, desaparecido, susurra
con el viento en los valles y las montañas,
buscando alguien que sepa escuchar
y en quien depositar tu modesta llama
en la estrecha vela del mañana.