El alma suspira por el agua
del pozo del jardin del Edén.
Está en una pequeña cima
accesible pero brumosa.
Es un suspiro ahogado
por los cascabeles de la mente
y las necesidades autoimpuestas.
No se trata de huir,
más bien de encontrar lo extraordinario
en lo ordinario, la improbabilidad
de cada maravilla que los vientos
esparcen alrededor del mundo,
de los días y del reverso de la pena.
Acostumbrar la mirada a la belleza
de existir en la tierra herida.
Ver menos negrura aquí
y más magia en todas partes.