El instante baila con los pies en el suelo.
La música,
como el vuelo de un pájaro
descubre el cielo,
revive un corazón apagado.
El instante baila con los pies en el suelo.
La música,
como el vuelo de un pájaro
descubre el cielo,
revive un corazón apagado.
El alma suspira por el agua
del pozo del jardin del Edén.
Está en una pequeña cima
accesible pero brumosa.
Es un suspiro ahogado
por los cascabeles de la mente
y las necesidades autoimpuestas.
No se trata de huir,
más bien de encontrar lo extraordinario
en lo ordinario, la improbabilidad
de cada maravilla que los vientos
esparcen alrededor del mundo,
de los días y del reverso de la pena.
Acostumbrar la mirada a la belleza
de existir en la tierra herida.
Ver menos negrura aquí
y más magia en todas partes.
Sumisos a la belleza,
Inadaptados a la fealdad.
¿Y el alma de los seres,
bellos o feos?

La belleza habla como un mendigo,
herida en su fragilidad.
Lejos de la exhuberancia indiscreta
y cerca de la bondad descuidada.
La belleza no tiene disfraz,
anda por las sendas estrechas
de lo simple sublime
y la complejidad autorevelada.
El adorno desluce su pureza,
la belleza es, ni parece ni perece.
Vive en el presente
y revive en el recuerdo.
Es vestido de alguna profunda verdad.
Material como una manzana,
intangible como un pensamiento,
una palabra o una acción.
La belleza duda en su modestia,
pero hiere con espada afilada.
Podría ser un vagabundo,
alguien que conoce lo que hay
después del vacio,
lo que queda cuando
ves la lona del ring a un centímetro
y no has podido levantarte.
Podría ser un final, pero no,
queda esa belleza despistada y humilde
que existe en algunos seres,
cuyos ojos parecen ver sin mirar,
y hablar sin inquirir,
con un silencio que va
de corazón a corazón,
con el pecho abierto.
Podría ser un sin techo,
un mendicante,
o alguien resucitado
que nunca olvidó sus cenizas.
Te podrían gritar su soledad,
su desesperanza,
sin embargo esperan y esperan.
Y la gente pasa y pasa
sin mirar, sin ver, sin sentir.