Las migas de pan reposaban
sobre el mantel a cuadros rojiblancos.
Después de las cuatro de la tarde
el sol nos visitaba,
oblicuo a través de las ventanas.
El restaurante hacía esquina,
ya medio vacío.
Los platos y cubiertos aparecían
desperdigados por la mesa,
los vasos y copas sedientos,
el café amargo se despedía
con un dulzor lento.
En el ambiente el ruido sordo de la gente
acompañaba las agujas del reloj de pared.
Suave gritaba el tiempo:
– Aquí estoy. No quieres mi eternidad?
– Te diré un secreto.
– Acábate el chupito y pide dos más.