Dos almas quietas, congeladas,
poblaban la plaza, sombría, dura, solitaria.
Un niño de tres años con la mirada perdida
traspasaba los muros de las casas.
De la mano, su madre, escudriñaba sus ojos.
Creía saber que escondían esos muros
para su pequeño bisoño.
No eran mesas, ni televisores, ni armarios.
Lo que escondían esos muros
era un sentimiento compartido.
Desamparo.