¿De qué nos salvamos?
De nada, la muerte no existe.
Pero si pensáramos que existe
sabríamos de que nos salvamos
sin saber que nos salvamos.
No nos salvariamos de pensar
que la muerte existe.
¿De qué nos salvamos?
De nada, la muerte no existe.
Pero si pensáramos que existe
sabríamos de que nos salvamos
sin saber que nos salvamos.
No nos salvariamos de pensar
que la muerte existe.

Estos días, entre tu muerte y la mía,
estoy de vacaciones,
en un bistro indio esperando la comida.
El tiempo parece prescindible,
todo acabará tarde o temprano,
si no hay nada más.
Parece un tiempo añadido,
tiempo de espera, superfluo,
entre dos grandes acontecimientos
que minimizan el tránsito.
Cuando llegue el momento
el espacio intermedio desaparecerá
como un tiempo perdido,
comprimido, casi inexistente,
como un par de días cortos.
Solo quedará, para siempre,
nuestras muertes esculpidas
en la piedra del tiempo pasado.
Pero tu ya sabes, mejor que yo,
que no es así.
Los días son sagrados,
la vida es sagrada
y la muerte perece con la muerte.
En el día del juicio final
el amanecer será dorado,
las batallas de la mente
serán asesinadas y se convertirán
en torrentes de lágrimas
que ahogarán la ignorancia.
Los temores serán revelados,
comprendidos y aniquilados
dejando un silencio infinito
cubierto de gratitud.
Los muertos levantarán
su mirada a una tierra renacida,
donde los jueces dejarán su trono
a la sabiduría, la bondad y la belleza.
Los ángeles descenderán
y harán sonar sus trompetas
interpretando a Miles Davis.
Las tinieblas verán
como su reinado ha muerto,
y será tiempo de progresar.
Dios dará su vida en el cielo
para vivir en la tierra.