Son sus ojos,
llenos de ilusión y compasión,
los que desvelan su corazón.
Su sonrisa ilumina,
en el Vallès occidental,
su alma oriental.
En la esquina
de una calle peatonal,
sus plantas frondosas
hacen de su bar
una selva singular.
Lleva escondida,
en su regazo,
una corona de humanidad.
El viento, por respeto,
ante su presencia,
se queda quieto.
Madera cálida, amable, sincera.
Quien tenga su noble amistad,
no querrá perderla jamás.