Tropecé con una piedra,
o fue ella que me buscó.
Parecía que no hacía nada,
pero estaba allí
en ese instante mismo que pasé.
No se puede decir
que me hiciera la zancadilla,
pero en realidad no la estaba mirando.
Quizá caí sintiendo que me golpeaba
y luego apareció ella,
vino de no se sabe dónde,
quizá la puso un ser divino.
Era una piedra preciosa,
un diamante sin pulir,
quizás, con la luz del sol
me cegó los ojos.
O en la sombra,
al ser transparente, no la ví.
Le ofrecí llevarla a casa,
y al vivir con ella, con el tiempo,
ella se pulió y yo me curé.