No fue un suelo plano,
ni un suelo cóncavo,
donde cayó la bola
de la montaña de ese ayer.
El pensamiento se afianzó
sobre un páramo lleno
de sillas voladoras.
Algunas las inmovilizó el tiempo,
otras se fueron frenando
por la inercia de la evidencia.
Se extendió la suspicacia ajena,
creando montañas
falsas y cobardes.
La sinrazón de la nube
fue niebla terrenal.
Y la herida supuraba
y el puñal enmudecía.